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En un twitter el ex alcalde de Bogotá y exministro Jaime Castro denunció la solicitud de apoyo de liberales a las FARC en materia electoral: "Liberales en la Habana pidieron apoyo electoral de las farc . Dijeron que si guerrilla no firma el acuerdo ahora , Uribe los derrota", escribió en su cuenta.
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domingo, marzo 17, 2013
miércoles, octubre 31, 2012
DESPUÉS DEL PASO DE SANTOS DEL URIBISMO A LA JEFATURA LIBERAL...
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RAFAEL GUARÍN
RAFAEL GUARÍN
Después del paso del Pte Santos del uribismo a la "jefatura natural"
del Partido Liberal no deja de ser gracioso que condene el
transfuguismo, sino fuera por el pánico que le produce Álvaro Uribe en
campaña.
Lo cierto es que la gran revolución política que necesita Colombia es
contar con partidos doctrinarios. Cohesionados por ideas, no por
dependencia burocrática, ni vanidades personales. El transfuguismo
parlamentario aborrece al propósito de construir tales partidos.
Si el uribismo quiere ser alternativa en 2014 sería una estúpidez
endosarla a la posibilidad de que congresistas que han contribuido al
desmonte de la Seguridad Democrática y a legitimar con el Marco Jurídico
para la Paz el crimen como medio de acciónn política, hagan de parte d
sus filas.
Uribe debe sacudirse de los transfugas y construir un movimiento
basado en la firmeza en unas ideas. !Primero la doctrina, luego la
mecánica! Lo otro es reproducir nuevas deslealtades.
Los invito a www.politicayseguridad.blogspot
domingo, septiembre 27, 2009
Reflexiones preliminares: CONSULTAS DEL POLO Y DEL LIBERALISMO OFICIALISTA


RAFAEL GUARÍN
DIEZ REFLEXIONES PRELIMINARES sobre los resultados de las consultas del liberalismo oficialista y el Polo:
1. El Partido Liberal es un partido rural y desconectado de la mayoría de los colombianos que habitan en las ciudades. Su resultado es lamentable, a pesar de la intervención de maquinarias de otros partidos y de parapolíticos.
2. El Polo no tiene mayor relevancia fuera de Bogotá. La baja votación en la capital obedece a la deficiente gestión de Samuel Moreno.
3. Se ratifican las encuestas que reflejan el escaso apoyo popular de los candidatos de la oposición.
4. La especie de plebiscito que impulsó el Liberalismo contra la reelección, utilizando la consulta, fue un fracaso y terminó favoreciendo a Álvaro Uribe.
5. Perdió vergonzosamente el serpo-samperismo que estaba detrás de Alfonso Gómez Méndez.
6. Dentro del Polo perdieron el Partido Comunista Colombiano, el Moir, Samuel Moreno, las Farc y la corrupción y el clientelismo de Jaime Dussán.
7. No solo ganó Petro la candidatura, sino que le ganó el pulso a las Farc, que según el propio Petro querían sacarlo del Polo.
8. Perdió César Gaviria al sacar la mitad de los votos que se propuso en la Consulta. Con tan magros resultados, hasta su propia y oculta aspiración a desplazar al ganador de la consulta, para hacerse a la candidatura presidencial, quedo enredada.
9. Los congresistas liberales deben preocuparse por el oscuro panorama electoral de las elecciones parlamentarias de 2010.
10. Un ganador de hoy, no visible, es Sergio Fajardo, quien queda como la única opción con cierta solidez para enfrentar al uribismo, sea en cabeza del presidente Uribe o de Rodrigo Rivera, Juan Manuel Santos, Nohemí Sanín o Andrés Felipe Arias. Nada raro será ver a Liberales y al Polo haciendo fila detrás de Fajardo, si hay segunda vuelta.
http://www.rafaelguarin.bl
jueves, julio 02, 2009
VÍCTIMAS DE LA POLITIQUERÍA

Semana.com - 2 de junio de 2009
Grafica: Tomada de imágenes google
Grafica: Tomada de imágenes google
RAFAEL GUARÍN
Lo que evidenció el debate sobre la hundida Ley de Víctimas es que la protección de sus derechos se convirtió en una bandera de politiquería, un ejemplo de irresponsabilidad y un instrumento para deslegitimar el Estado y la Política de Seguridad Democrática.
No hay duda que el Estado debe reparar a las víctimas, sin discriminar el victimario. Es una obligación reconocida internacionalmente. Aún así, la forma de verificar esa obligación debe ser consecuente con los medios disponibles y, en particular, con el contexto colombiano. Por más que se quiera insistir en el carácter universal de la reparación de las víctimas no es razonable pretender aplicar un modelo como si se tratara de Francia, Suiza o Dinamarca.
En realidad, la solicitud de Álvaro Uribe de votar negativamente el proyecto de ley fue una estrepitosa derrota del gobierno y un triunfo de la oposición y de las organizaciones de víctimas que preferían su desplome a aceptar una iniciativa diferente a la propia. Victoria pírrica que afectó a cientos de miles de víctimas. Importaba más poder señalar al gobierno de negligente, inhumano y enemigo de las víctimas que construir consensos que permitieran la reparación efectiva.
La cuestión no es solamente disponer en una norma que se repare económicamente a las víctimas, sino garantizar que ciertamente se pueda cumplir. Jamás habrá dinero suficiente para reparar el daño causado por el terrorismo y las violaciones de derechos humanos, pero con los recursos disponibles el Estado debe hacer el mayor esfuerzo posible, cosa que no entendieron o, mejor, no quisieron entender, quienes decidieron hacer del proyecto una bandera demagógica.
Según un estudio del Ministerio de Hacienda, lo aprobado por la Comisión de Conciliación elevó de 22.1 billones de pesos (¡sí, leyó bien, billones!) a 76 billones el monto que debía desembolsar el Estado para cumplir con lo estipulado en el proyecto de ley. El problema no es reparar a las víctimas, el problema es que no hay con qué cubrir la diferencia de $53,8 billones adicionales, además de su perverso efecto en las finanzas públicas y de mermar directamente el presupuesto que debe dedicarse a salud, educación, infraestructura, seguridad o justicia.
Por otro lado, resulta razonable exigir una sentencia que condene a un miembro de la Fuerza Pública por el delito que da origen a la obligación de reparar a la víctima. Así se diga que el proceso penal no se afecta con la reparación administrativa (cosa cierta), se tiene que ser ciego para no darse cuenta que la consecuencia en la práctica de la sentencia condenatoria y de la mencionada reparación es la misma: reconocer que un agente estatal violó los derechos humanos.
Tal y como estaba el proyecto, se le entregaba un morrocotudo instrumento a las Farc para su campaña de propaganda y de guerra jurídica. La omisión de sentencia coloca a terroristas y militares en el mismo plano. No es cualquier cosa. El centro de gravedad al que apunta la guerra irregular es la legitimidad y ésta se afecta con la violación de los derechos humanos. Por supuesto, el camino no es negar las violaciones sino que estas no ocurran, pero tampoco eso nos puede llevar a la ingenuidad de no reconocer los montajes que las guerrillas realizan contra las fuerzas militares y que, con base en el proyecto de ley, serían validados por vía administrativa.
De ahí, la resistencia a que se iguale a los terroristas de las Farc, Eln y Auc con los miembros de la fuerza pública. Mientras en los grupos armados ilegales los crímenes de lesa humanidad son una práctica diaria y un aceptado “medio de lucha”, cuando éstos se presentan en las fuerzas militares, se trata de acciones individuales y no institucionales, como se desprende del informe preliminar del Relator de la ONU, Philip Alston.
La forma de evitar caer en esa trampa es que la justicia funcione y se determine la existencia del delito y la autoría por parte de un agente estatal. La larga duración de los procesos judiciales es una preocupación válida, pero la salida no era rechazar la necesidad de una sentencia y en consecuencia hundir el proyecto, sino plantear un procedimiento especial y rápido, de la misma forma que adoptar medidas que fortalezcan la capacidad de la Fiscalía y los jueces.
Finalmente, lo ocurrido es una muestra más de la incapacidad del gobierno y la oposición por construir consensos en los temas fundamentales. Los obstáculos fiscales y la necesidad de una sentencia podían resolverse si en vez de consumirse en la politiquería y la demagogia, se actuara con responsabilidad y con afán de generar respuestas. Por desgracia, al Partido Liberal y al Polo les interesaba más que naufragara el proyecto que permitir que la Seguridad Democrática se fortaleciera con una política de reparación a las víctimas. Las víctimas deben ser objeto de una política de Estado, no de partido.
domingo, julio 22, 2007
Publicado el el viernes 20 de julio de 2007, Nuevo Herald, El (Miami, FL)

RAFAEL GUARIN
Se retomaron las conversaciones en La Habana entre el gobierno de Alvaro Uribe y el Ejército de Liberación Nacional (ELN). De la ronda de diálogos se esperan hechos concretos que allanen el camino hacia la paz.
En 1988, por encima de las FARC se decía que ELN era la guerrilla de mayor preeminencia en Colombia, al punto que la revista Semana indicó que competía con Pablo Escobar en la calificación de ``enemigo número uno del país''.
Hoy el escenario es distinto. El punto de inflexión lo alcanzó a mediados de los años noventa cuando su adhesión a la teología de la liberación la inhibió de adaptarse a la acelerada degradación del conflicto y de convertirse, siguiendo a las FARC y las AUC, en un cartel del narcotráfico. El resultado fue una guerrilla empobrecida y marginal en lo militar que apuesta a la política. Ese camino comenzó, recuerda el analista Luis Eduardo Celis, con su propuesta de una ''convención nacional'' surgida en 1996 ante la crisis del gobierno Samper.
Pero la paz con ese grupo debe superar muchos obstáculos. El más significativo, posiblemente, es su opuesta interpretación. Mientras para Antonio García ''la negociación se eternizará tanto como se eternice la solución de los problemas del país'', que es igual a decir que sus acciones criminales no tendrán fin, el gobierno cree en una desmovilización y entrega de armas, sin mayores reconocimientos.
Conviene un punto intermedio. No se trata de legitimar la lucha armada, pero sí, con pragmatismo, estar dispuestos a reformas institucionales que además se requieren para frenar la influencia del paramilitarismo, la guerrilla y la mafia. Al ELN se le debe otorgar una justificación para que dé el paso definitivo a la paz.
Eso no implica quebrar la seguridad democrática. El propio Uribe ofreció el año pasado a las FARC una Asamblea Nacional Constituyente, lo que es coherente, pues su política busca doblegar la voluntad de lucha de las guerrillas y conducirlas a una negociación que él sabe que implica concesiones.
Se requieren decisiones urgentes: la primera, retirar el señalamiento de organización terrorista al ELN y concederle estatus político sólo si previamente libera los secuestrados, entrega los niños en sus filas, proscribe la utilización de minas antipersonales, renuncia a los atentados terroristas y se inicia y mantiene un cese de hostilidades.
Segundo, el proceso debe blindarse. Las negociaciones son con el Estado colombiano y para garantizar su resultado se requiere el consenso de todas las fuerzas políticas. Cumplido lo anterior es necesario concitar un gran acuerdo que comprometa al gobierno, los partidos con representación en el Congreso y al ELN en una agenda que parta de la Convención Nacional y termine, previo desarme y desmovilización, con la incorporación de sus iniciativas al ordenamiento constitucional. En esto el Partido Liberal (en la oposición) orientado por el expresidente César Gaviria podría tomar el liderazgo. Aunque el gobierno prefiera no compartir el éxito del proceso, quizás dentro del ELN existen reticencias a darle exclusivamente ese ''triunfo'', lo que eventualmente alargaría hasta una nueva administración la firma de la paz.
Tercero, deben observarse la verdad, justicia y reparación de las víctimas con el cuidado de no cobijar los parapolíticos y asesinos de las AUC con iniciativas legislativas destinadas a la guerrilla, a las que ha hecho referencia el mismo Uribe. Los colombianos estaremos atentos a la verdad de las relaciones de políticos con el ELN.
Cuarto, el anuncio estadounidense de posibles solicitudes de extradición de miembros del ELN muestra su atención al proceso. Como lo fue con los paramilitares, la presión de la extradición constituye un garrote para el gobierno y un incentivo para esa guerrilla. Pero esto no es suficiente. Estados Unidos y la comunidad internacional deben jugar un papel más importante y aprovechar la oportunidad para examinar salidas al narcotráfico, debate colocado en la mesa por los ``elenos''.
El reloj corre en contra. Al gobierno le queda en la práctica algo más de dos años, un poco menos que el tiempo con que cuenta el ELN para participar en las elecciones del 2010. Por esa razón, en esta ronda deben acordar el desarrollo de las etapas posteriores y convencer al país que luego de 17 años tiene al frente lo más parecido a la última guerrilla de América Latina, con real voluntad de paz.
Nota: sobre el mismo tema puede leer en este blog:
domingo, diciembre 17, 2006
www.elespectador.com - junio de 2006
Por: Rafael Guarín*Paso lo que tenía que pasar con el Liberalismo. A pesar de los esfuerzos era una derrota cantada desde antes de comenzar la campaña ayudada por el autismo que impidió escuchar voces diferentes a la de los profesionales de la adulación. No es la hora de las recriminaciones, pero sí de asumir responsabilidades y pensar en el futuro.
El expresidente César Gaviria afirmó que el país sigue siendo mayoritariamente liberal, lo que ratifica las encuestas pero no los resultados electorales. Es forzoso concluir que el Partido no logró ni siquiera convocar a sus propios miembros. Eso obedece a que prefirió competir con el Polo por un mercado electoral restringido, como es el de la izquierda tradicional y destrozar una política de seguridad, que con aciertos y errores de todo calibre, tiene el respaldo de la mayoría de los electores.
En medio de la crisis, algunos se apresuran a ofrecer las llaves del Partido y reconocer la “jefatura natural” del Presidente. Es el vocabulario de los años cuarenta que no entiende el nuevo escenario de la política. Otros creen que hay que “insistir” en la oposición radical que redujo al Partido a un modestísimo 11% de los electores. Tampoco parece lo más inteligente.
El problema es más complejo. No es puramente mecánico, ni se resuelve acudiendo a fórmulas anticuadas. Hay que abordar por lo menos dos frentes. El primero tiene que ver con recuperar el pluralismo y contener el sectarismo que quiere llevar al Partido Liberal a un populismo de izquierda, con Hugo Chávez y Evo Morales como referentes. El Liberalismo debe ubicarse en el centro y aceptar que el bipartidismo ha muerto.
La política es y será de coaliciones que van del centro a la derecha o a la izquierda. Recuperar el centro permitirá a la colectividad considerar con flexibilidad y lealtad a sus programas los socios coyunturales que coincidan con su visión de sociedad. Se trata de atender a las propuestas programáticas, más que a la estrechez de los modelos ideológicos. No gratuitamente, la Asamblea Liberal Constituyente reemplazó en los estatutos el Consejo Ideológico por un Consejo Programático. Eso no implica desechar los valores históricos y aceptar lo inaceptable, sino trabajar por su realización a partir de la nueva realidad política.
La ideologización hace impensable políticas de entendimiento. Así por ejemplo, desde el sectarismo ideológico no serían posibles los gobiernos de coalición entre socialistas y demócrata-cristianos en Alemania y Chile. Cuando la sensatez y los intereses nacionales se imponen, los partidos pueden construir agendas comunes.
No se debe olvidar, como recuerda Norberto Bobbio, que “guste o no guste, las democracias suelen favorecer a los moderados y castigan a los extremistas”. Renunciar a los extremos permitió que el Liberalismo fuera el soporte institucional insustituible de la democracia en las últimas décadas. Aferrarse con fuerza a dogmas es lo más antiliberal que existe y la mejor forma de consolidarse como minoría.
La segunda tarea tiene que ver con el dilema coyuntural. Si se decide una oposición radical, el Partido Liberal está condenado a ser segundón y a empujar una coalición liderada por el Polo para el 2010. Si se entregan las llaves, se acaba con su institucionalidad.
La alternativa es avanzar hacia la unidad a partir de reconocer que la mayoría de los liberales están por fuera del Partido. No se trata de una unidad mecánica, ni de entregarse al Presidente. Lo que se debe hacer es iniciar un proceso de diálogo con los liberales que hacen parte de la coalición de gobierno y trabajar en la identificación de coincidencias. El primer paso es concentrarse en temas que exigen la unidad nacional como la política social, la seguridad, la protección de los derechos humanos y la consecución de mercados competitivos y eficientes. Esa actitud situará al Liberalismo por encima de la oposición, ratificará su vocación de centro, le permitirá ejercer una férrea fiscalización a la administración a la vez que contribuir a la solución de problemas que importan a los ciudadanos.
La unidad es indispensable para sobrevivir y volver a ser opción de poder. Pero ésta se construye, no se decreta. Deberá ser el resultado de un debate sin cortapisas, que prescinda de la intolerancia y las descalificaciones.
La unidad no es inmediata y no se resuelve con entregar unas llaves que nadie ha pedido. Es posible que pase mucho tiempo sin lograrla, pero sin ella el Liberalismo entrará hacer parte del pasado y se reducirá a ser escudero de nuevas fuerzas que interpretan mejor a los electores.
www.semana.co - Fecha: 04/15/2006 - Edición: 1250
Rafael Guarín se va lanza en ristre contra Piedad Córdoba, a quien tilda de acabar con el Partido Liberal, con su “populismo de izquierda”.
Por Rafael Guarín
Un mes después de las elecciones legislativas, Horacio Serpa enfrenta dificultades para recoger las diferentes tendencias del Liberalismo, debido a la interferencia nefasta de líderes cercanos al candidato. El apoyo público inicial de Rodrigo Rivera, Rafael Pardo y Andrés González se estrelló con los insultos, las injurias y las agresiones de Piedad Córdoba.
Además, la estrategia liberal ha sido todo menos adecuada para motivar a los ciudadanos. Con terquedad algunos insisten dentro de la campaña en agitar el trapo rojo, volver a la plaza pública, destrozar la Seguridad Democrática, radicalizarse en la extrema izquierda e invocar a Hugo Chávez y Evo Morales como referentes. Son los errores que están matando al Partido Liberal.
A este punto se llegó como resultado de una estrategia de las facciones más sectarias y reaccionarias. Piedad Córdoba se empeña en llevar al Liberalismo, contra su propia historia, a un populismo de izquierda que no se compadece con su acervo político, ni con las necesidades de la Nación. Se ha dedicado a descalificar y perseguir importantes sectores, prefiriendo sus propios intereses a los de la colectividad. El sectarismo de Laureano Gómez encarnó en Piedad sin la formación y la ilustración del ex presidente.
Horacio Serpa debe preguntarse: ¿con esos amigos, para qué enemigos?. Piedad incomoda no por sus ideas, ni por la férrea defensa de sus propuestas, ni por ser una mujer aguerrida y valiente. Piedad fastidia por su grosería, falta de educación y porque predica pero no practica. Sin duda, una Piedad sin esas conductas superaría los escasos 38.000 votos que obtuvo en las elecciones parlamentarias. Una Piedad menos sectaria, con seguridad, no hubiera estado tres años en el Senado como resultado de irregularidades electorales, sino que sería una de las grandes líderes del Partido Liberal.


Las inconsistencias de Piedad no tendrían importancia si con ellas, en algunos casos, no comprometiera gravemente al Liberalismo. No hay que olvidar que siendo presidenta de la DLN (2003) esa directiva avaló los candidatos únicos a las gobernaciones de Magdalena y César, departamentos en los cuales los paramilitares no permitieron más candidaturas. Fue avalado también el ex gobernador Miguel Ángel Pérez, procesado penalmente porque habría recibido durante su campaña 500 millones de pesos de las Autodefensas Unidas de Casanare. Lo mismo ocurrió con Wilder Antonio Ríos, exalcalde de Riohacha, capturado en octubre de 2004 por desviar fondos de salud con destino a Jorge 40.
Lo realmente grave es que las injustas descalificaciones de Piedad contra el ex presidente César Gaviria y los precandidatos no son contundentemente desautorizadas por Serpa. Insultos públicos de su amiga y excusas privadas del candidato liberal están haciendo crecer la inconformidad al interior del partido.
La actitud de la senadora se explica porque quiere quedarse con el Partido Liberal, así sea convirtiéndolo en un cascarón. Su propósito es seguir avanzado en la “toma y el secuestro” de esa organización política, para lo cual hace lo que sea, comenzando por tirar piedra a quienes considera sus rivales.
El Partido Liberal es socialdemócrata, esto es, en medio del conflicto bélico, un partido ubicado en el centro frente a las extremas derecha e izquierda armadas. Su pluralismo le ha permitido ser mayoritario y debe mantener esa condición, sobreponiéndose a quienes procuran utilizarlo con dogmatismo conservador. No se puede ser liberal si se sataniza a quien piensa distinto, si se persigue la diferencia y si se elimina la tolerancia.
Se me replicará que para eso ganaron la candidatura. Bueno, si es así, y si insisten en ser sordos a los reclamos de renovación de más de la mitad de los liberales que participaron en la consulta, mantengan esa estrategia y asuman la responsabilidad, pero cuando los derroten, liberen el Partido y dejen que bajo la conducción del ex presidente César Gaviria, que da garantías a todos, sean los nuevos liderazgos quienes reconstruyan el Liberalismo.
Nota al margen: Frente a los escándalos del exdirector del DAS, se debe recordar que no todo vale para combatir el terrorismo y los violentos. Una política democrática de seguridad debe proscribir cualquier método que vulnere la dignidad humana o ponga al alcance del ejercicio despótico del poder las libertades y los derechos. El terrorismo se elimina con la Constitución en la mano y no con el terrorismo de Estado.
Los colombianos debemos rechazar con la misma vehemencia la intervención de los paramilitares y de la guerrilla en las elecciones. ¡Qué bueno sería que el Partido Liberal y el Polo Democrático y sus candidatos presidenciales repudiaran públicamente el apoyo expresado por el ELN!
www.semana.com - Fecha: 03/18/2006 - Edición: 1246

Rafael Guarín analiza la debacle electoral de los liberales y predice que una segunda vuelta sería entre Carlos Gaviria y Uribe
Por Rafael Guarín*
No es gratuito que César Gaviria haya ofrecido la renuncia a la Dirección Nacional del Partido Liberal. Los resultados del domingo pasado son un absoluto desastre para esa colectividad, que desde 1934 no ostentaba la condición de minoría respecto al Partido Conservador. A pesar de los esfuerzos por presentar lo ocurrido como una prueba de su vigencia política, lo cierto es que el balance no puede ser peor.
En 1994, el Liberalismo eligió 59 senadores. Esa cifra descendió a 30 en 2002, y actualmente, a 17. En 1998, los votos liberales para elegir esa corporación superaron los tres millones. Hoy no llegan a la mitad. Es reflejo del distanciamiento de los electores de los grandes centros urbanos. Al igual que las Farc, el Partido quedó anclado en las zonas rurales y completamente desconectado de las nuevas generaciones de electores. En Bogotá, en el mismo período, pasó de tener seis representantes a la cámara, a dos. La tan anhelada renovación no sólo no se dio, sino que los escaños alcanzados por el Partido corresponden enteramente a maquinarias políticas, lo cual deja en duda que sea el mejor vehículo para el ingreso de nuevos liderazgos a la vida política.
El tiempo no ha pasado para el Partido Liberal. La acción política y su relación con los ciudadanos se mantienen pendulares entre la apelación al desteñido y remendado trapo rojo y sus cada vez más desgastadas maquinarias. La estrategia adoptada para enfrentar las elecciones parlamentarias se montó sobre esos dos elementos, marginando cualquier esfuerzo por conquistar el voto independiente. La misma conformación de las listas dio prelación al cálculo electorero sobre la importancia que tiene hoy el mensaje político, razón por la cual asistió a las elecciones parlamentarias sin programa, a pesar del mandato del anterior Congreso Liberal. La mentalidad tradicional de sumar y restar votos sirve para elegir una raquítica representación, pero no para ser opción de poder.
A eso se añade la insistencia en criticar y criticar y no proponer. Atacar la seguridad democrática sin presentar una política que la supere, y utilizar, por parte de algunos de sus líderes, las masacres y los actos terroristas de las Farc como banderas proselitistas, son una estrategia equivocada que ha puesto la campaña en el campo en que el Presidente es más fuerte.
Por otro lado, las urnas ratificaron que no existían partidos políticos, sino caudillos regionales agrupados bajo personerías jurídicas de las que entraban y salían a su antojo, apoyados en la fragmentación y la atomización partidista y en un nocivo diseño del marco legal y constitucional de los sistemas de partidos y electoral. Eso explica que la desbandada liberal hacia las filas uribistas no era únicamente de credenciales parlamentarias, sino de votos de carne y hueso.
Pero el resultado tiene también que ver con la dependencia de las clientelas liberales del aparato estatal. El ex presidente Turbay, experto en estos temas, señaló el año pasado que el Liberalismo no sobreviviría en las actuales condiciones sin gobierno. No le faltaba razón. La longevidad de los dos partidos tradicionales, desde la segunda mitad del siglo XX, se debe a la cuestión burocrática, no a la existencia de proyectos políticos. Esa característica de la política colombiana permite comprender los resultados favorables del partido de la U, Cambio Radical y el conservatismo. No es un apoyo repentino de cuatro meses, ni la resurrección milagrosa del partido de Caro. Es el reflejo del peso burocrático en el funcionamiento de las maquinarias políticas. El conservatismo lleva ocho años gobernando y los integrantes de las U y de Cambio Radical, mayoritariamente de origen liberal, han gozado de los privilegios de la cercanía con el poder.
La imagen del presidente Uribe santificó (no por Juan Manuel) listas plagadas de políticos tradicionales. Pero, aunque fue muy importante, no parece ser el elemento fundamental en los resultados de los partidos uribistas. Los votos no preferentes no alcanzaron en ningún caso el 25% del total obtenido por cada una de esas listas,siendo el resto prácticamente pura maquinaria. Los partidos tradicionales perdieron un activo histórico. La identidad partidaria, que era muy fuerte en Colombia, casi se desvaneció. La L obtuvo cerca de 270.000 votos, 10.000 más que el conservatismo y 200.000 menos que en las elecciones de 2003.
Finalmente, el Liberalismo quedó en la sin salida. La consulta arrojó como candidato a un hombre aguerrido y de convicciones, pero con los más altos porcentajes de resistencia ciudadana. Horacio Serpa representa menos de la mitad de los ciudadanos que participaron en la consulta. Su campaña demostró que su liderazgo es principalmente rural, al ser derrotado en las principales ciudades. El único ganador con esa decisión fue Álvaro Uribe, que sabe que su competidor más fuerte tiene la paradoja de ser, en principio, el hombre más capaz de agrupar la oposición, al tiempo que el más fácil derrotable.
Cerca de un millón de ciudadanos que votaron en la consulta no son liberales o por lo menos no se identifican con el Partido, de lo contrario, esa votación se reflejaría en los resultados de las listas al Congreso. Los electores de Rafael Pardo en un porcentaje importante se movilizaron por la publicidad antiserpista, y las propuestas de Rodrigo Rivera y Horacio Serpa son como el agua y el aceite, lo que dificulta enormemente la unidad, a pesar de las declaraciones protocolarias. Como si fuera poco, se rumora que un importante número de uribistas respaldaron al ganador de la consulta para allanar la reelección.
En ese escenario, la candidatura liberal a la Presidencia de la República arranca realmente con un millón de votos, el mismo número que tiene Carlos Gaviria. Es claro que los electores del Polo Democrático Alternativo tienen coincidencias mayores que las expresadas al interior del Liberalismo, fortaleza burocrática y mejores niveles de aceptación en la opinión independiente. No es extraño que, en caso de darse una segunda vuelta, veamos a Carlos Gaviria frente a Uribe y con ello un Partido Liberal colapsado.
La debacle liberal es ante todo la de un modelo de partido que no ha podido superar la política tradicional. El acceso a los puestos y a la contratación pública para mantener cautivas clientelas electorales está cada vez más fuera de lugar en la perspectiva de construir opciones de poder, mucho más con la introducción de la reelección presidencial. Si el Partido Liberal no permite una verdadera renovación de dirigentes y de su práctica política, en poco tiempo sus miembros tendrán que vivir exclusivamente del pasado.
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